¡Mi Ángel bello!

Desde el día en que te conocí, tus ojos de perrito bueno me cautivaron.

Hoy dejas un gran vacío en mi corazón, y en nuestro hogar, porque Dios te tomó en sus brazos.

Acepto su voluntad con mucho dolor, pero nos queda la seguridad de que tratamos de darte la mejor vida que pudimos mientras nos permitieron tenerte; te llenamos de amor desde el día uno, hasta que hoy tuvimos que decir “¡Adiós!”.

Estuvimos contigo hasta que cerraste los ojos, abrazándote… Y qué bueno que tuve la oportunidad de repetirte mil veces “¡te amo, papi!” (como te decía yo siempre).

Ahora estás en el cielo de los perros, o como muchos lo llaman, el paraíso…

¿Cómo llegó a nuestras vidas?

Yo siempre he estado a favor de la adopción y no de la compra. Y Angelito sufrió mucho en épocas anteriores. De hecho, iba a ser sacrificado.

Le cortaron las orejitas y el rabo, y hasta un tatuaje le hicieron. ¡Dios mío!

Carlos le decía “el caballo”, de lo grande que era. Y siempre fue un perrito muy flojo, pero lleno de nobleza y amor para dar.

Espero Dios nos dé la fortaleza que necesitaremos mi familia y yo para afrontar la partida de Angelito bello.

Mi perrito bueno… ¡Te extrañaremos y te amaremos siempre!

¡Descansa en paz, papi!

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