¡Hola, familia bella! ¿Cómo están?

A lo mejor me he puesto un poquito fastidiosa hablándoles de puros temas referentes a la Navidad o al mes de diciembre, pero bueno… ¡Es lógico por la época en la que estamos!

Hoy les quiero contar cómo fue que obtuve el regalo de Navidad más significativo de mi niñez. Es decir, ese que recuerdo con mucho pero mucho cariño.

Y no quiero extenderme demasiado hablándoles de cómo ha sido la situación en mi país desde siempre, porque ya ustedes conocen más o menos la historia.

Pero les cuento que en Cuba no se acostumbraba a regalar en Navidad, y es que para nadie es un secreto que allá no había nada.

Pero sí era muy usual que el Día de Reyas fuéramos a la tienda e hiciéramos una fila (bien extensa, por cierto, ¡jajajaja!) para buscar un juguete que nos daba el Gobierno.

Obviamente no eran los mejores juguetes, ¡pero yo fui muy feliz con eso!

Sin embargo, la primera vez que vi un juguete que en realidad me deslumbró, fue cuando (como a los 7 u 8 años de edad) mi papa me envió una muñeca muy hermosa de aquí de los Estados Unidos.

Tenía sus cachetes rosaditos, tenía un tete en la boca, y cuando se lo quitabas, lloraba.

¿Se imaginan lo que eso fue para mí? ¡Increíble!

Primera vez que veía algo así en mi vida. Y no exagero.

Recuerdo que hasta dormía con ella, ¡jajajaja!

Y quiero que sepan que, más allá de lo bonita que pudo haber sido mi muñeca y del impacto que causó en mí, con el tiempo supe que lo más significativo fue que venía de mi padre. Y por eso, hoy la recuerdo como el regalo de Navidad más importante que recibí cuando era niña.

¡Un abrazo a todos, mi gente linda!

Espero les haya gustado mi historia.

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