¡Mi gente!

Con el tiempo he aprendido, o más bien, me he dado cuenta de que vivimos empeñados en cambiar lo que «hacemos», sin dar una mínima importancia a lo que «somos». Y ¿qué quiero decir con esto? Que siempre estamos intentando hacer ajustes para lograr la aprobación de terceros… Pero ¿y la aprobación de Dios?

Por eso debemos comenzar a trabajar en hacer esos ajustes en lo que somos. Y no me refiero a cambiar. ¡Nadie cambia! Simplemente hay personas que mejoran su actitud o la empeoran.

Entonces, no hay mejor época del año para dar inicio a nuestro crecimiento espiritual, en mi opinión, que el mes de enero.

¿Por qué?

Porque el crecimiento espiritual comienza con el nuevo nacimiento. Por esa razón, sería difícil hablar de crecimiento espiritual si no tenemos, valga la redundancia, vida espiritual.

Y la vida espiritual significa precisamente conocer a Dios y mantener estrecha nuestra relación con Él, dejar el orgullo a un lado y llevar a cabo actitudes de humildad, predicar la Palabra e ir de la mano con lo que nos revela, llenarnos de sabiduría y actuar en base a ella, y por último, dejar que siga trabajando en nosotros para asumir definitvamente el reto de seguir creciendo espiritualmente.

Entonces, dicho de otro modo, el nacimiento de nuestro Salvador debe significar para nosotros el comienzo de ese crecimiento.

Pero mi gente, debemos poner de nuestra parte.

¿Están dispuestos?

¡Bendiciones a todos!

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