¡Hola, familia hermosa! ¿Cómo están?

Muchas veces creemos que la resignación es nuestra única salida y la solución ante todos los problemas que se nos presentan en la vida. ¡Y no es así, mi gente!

“Tirar la toalla” no nos conduce a ningún lado, o al menos no a uno en el que mantengamos la relación directa con Dios, porque la resignación se trata precisamente de eso: la pérdida casi total de nuestra Fe y de nuestras esperanzas.

Explicado de otra manera, resignarnos es aceptar una pérdida o una derrota mediante la equivocada idea o creencia de que es imposible lograr lo que nos hemos propuesto o llegar a donde queremos llegar. Por lo cual, creemos que nos resultará mucho mejor decir: “Me resigno” o, “quizás lo mejor sea no continuar”.

Familia, nuestras heridas sólo sanarán el día en que dejemos de llorar y nos pongamos de pie con el firme propósito de seguir luchando y de recuperar la Fe perdida.

Dios sigue estando con nosotros, aunque sintamos que no. Él sigue siendo el mismo que cuando lo conocimos, y por eso es que debemos animarnos en su Gloria y levantarnos para recuperar lo que hemos perdido y retomar ese camino que dejamos a medias.

“¿Por qué a mí, Dios?”

Esta es la pregunta característica que nos hacemos todos cuando nos cuesta entender por qué Dios no nos protegió de ese mal (sabiendo que podía hacerlo a través de su Poder y Misericordia), ni por qué no evitó que sufriéramos esa pérdida.

Y es natural hacérnosla por nuestra condición de seres humanos pensantes y sintientes. Sin embargo, no es ahí en donde debería enfocarse nuestra atención, es decir, en preguntas como: “¿Por qué Dios permitió que esto me sucediera?” o “Si yo soy buena persona, ¿por qué siempre me ocurren cosas malas?”.

No…

Nuestra atención debe estar enfocada en ponernos de pie, en preguntarnos: “¿Cómo puedo levantarme?”, “¿qué debo hacer para no perder la Fe y las esperanzas y animarme en el Señor?”, y de esa manera, les aseguro que recuperarán todo cuanto han perdido, mi gente.

Resignarse no es una solución. No tiene sentido caer para no levantarnos, dejar de creer y permanecer incrédulos, pero sobre todo, perder la Fe en Cristo.

¡Ánimo, mi gente! ¡Todos podemos!

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